Le dije a Jacinto que quería ser matarife, no carnicero. No quería despresar un simple cadáver. Era absurdo que me encargara tan solo sacar partes de un animal indefenso, rebanar sus muslos, su vientre, sacarle los ojos, cortarle la lengua, arrancarle la grasa y verlo chorrear sangre. Yo quería otra cosa, por eso le dije que me dejara matarlas. Quería enfrentar sus 700 kilos con el puñal más pequeño que se pudiera. Qué arte. Burlarme de su cuerpo grande y de su fuerza muerta. Son tan inútiles.
Dios se burló de nosotros; los animales grandes son indefensos y los pequeños insectos pueden matar del susto. Dios les dio tanto poder en miniatura que su burla es casi macabra. Imagínese una araña del tamaño de un elefante o una garrapata tan grande como una ballena, no duraríamos dos minutos vivos viendo el espectáculo. ¿Ha visto a una vaca correr? Si se cae se mata, yo lo vi un día. Cinco vacas corrían en el pueblo como locas y tontas, eran perseguidas por los perros que salían de sus casas ladrando y mostrando los dientes por pura diversión. Ellas corrían con la cabeza agachada y sólo la alzaban para tratar de espantar a los perros; parecían asustadas. Imagínese.
Una vaca de varios cientos de kilos asustada por un perro chandoso y huesudo. Daba lástima e impotencia. Pensé que debían detenerse, dar la vuelta y corretear ellas a los perros. Acabar con ellos con una pisada. Uno gana por pura actitud. Pero vea usted, en la huida una de las vacas se cayó, se golpeó contra unas piedras y no dio para levantarse. El animal inútil y gigante de unos 600 kilos empezó a convulsionar; una espuma blanca y espesa le salía por la boca y por la nariz. Me le acerqué por pura curiosidad y cuando estuve cerca la vaca me peló los ojos, desafiante.
Se quedó quietica y después hizo un sonido fuertísimo. Yo salté hacia atrás del susto que me dio y el animal me miró como si yo fuera una pequeña cosa ridícula e insignificante, como burlándose de mí. Y después se murió la desgraciada. Creo que hizo el ruido a propósito. Yo sé que ser enano no es virtud para nadie, pero no tenía que mirarme así la infeliz.
Por eso le dije a Jacinto:
—Déjame que las mate, no me mandes sólo a cortarlas.
Pero él no entendía, los altos no entienden nada. Traté por todos los medios, le ofrecí hasta a mi madre, pero ese maldito estaba convencido de que un enano no puede matar a una vaca. Ni que fuera una rata del tamaño de una jirafa. Por esos días conocí a la Yoli, yo pasaba todos los días por su puerta cuando iba de regreso de la carnicería para mi casa. Ella me veía pasar por la calle untado en sangre. Le gustaba verme así. Yo andaba derrotado por no poder convencer a Jacinto, pero ella veía otra cosa en mí. Ella tenía unos ojos deseosos.
La Yoli era una loca, es que usted no la conoció, sino sabría que es como si ella me lo hubiera pedido. Pero bueno, el hecho es que me veía pasar y se quedaba muda, apretaba las piernas como si ahí justico, donde termina la barriga y nacen las piernas, en el triángulo, tuviera un tesoro que, apretándolo mucho, se crece. Esa Yoli era una cosa seria; se sentaba en la puerta de su casa en una banca de madera y ahí apretaba las piernas los segundos que me veía pasar. Un día la Yoli me llamó.
—Oye, ven acá. ¿Tú cómo te llamas?
Pero yo con esa derrota que traía encima no quise ni mirarla.
—No me jodas.
Oiga, pero qué mujer para insistir. Se ponía cayenas rojas en el pelo, se echaba un perfume dulce horrible, se pintaba la boca y usaba una ropa que no le cubría casi nada. A mí nada de eso me importaba porque yo andaba más preocupado pensando en cómo convencer a Jacinto que en enredarme con una mujer tan flaca.
Hasta que un día la Yoli se puso pestañas postizas y, como ella tenía esos ojos negros saltones, tan grandes que parecían no caber en ella. No pude no mirarla. Ese día nos sentamos a hablar por primera vez. Me gustó esa mujer. Ella no paraba de hablar y eso estaba bien para mí porque me hacía olvidar, pero me parecía que le faltaba plata o imaginación porque estaba esquelética. Entonces empecé a llevarle las partes más gordas de los animales y después de un tiempo la Yoli se me fue poniendo bonita, choncha, cachetona y ojona como no se lo puedo explicar.
Al cabo de dos años de estar juntos ella casi que podía ir rodando por el mundo y después de tres años la Yoli era como cinco veces más grande que yo. Un espectáculo de mujer. Me fascinaba. Yo la dejaba comer y joder todo lo que quisiera y ella sólo me pedía que no me bañara después del trabajo. No me ponga esa cara, a la Yoli le gustaban los restos de sangre y los pedazos de carne que me quedaban pegados en la piel y me los quitaba uno por uno con su boca. Era cosa seria le digo. Pero la felicidad me la quitaba Jacinto, más terco que una mula. Hacía ocho años trabajaba para él y no había podido convencerlo de que me dejara ser matarife. ¿Si ve? Qué palabra más bonita, suena a alguien con honores. Ma – ta – ri – fe.
Pero no, hijo de puta ese, me tocó conformarme con cortar vacas muertas y engordar a mi mujer. Oiga, sí que pesaba, aunque me desilusionó saber que nunca llegaría a los 600 kilos. Cuando se acercó a los 150 kilos fue cuando más linda la vi, rellenita. Pero igual yo andaba mamado de la vida y cansado porque por más que la Yoli me quisiera y estuviera bonita, yo tenía un sueño y no había podido cumplirlo. Ya sabía que Jacinto nunca me dejaría ser matarife, ni él ni ninguno en este pueblo de discriminadores de enanos.
Y la Yoli, que todo el tiempo pedía atención en el triángulo de las piernas. Insaciable. Y yo que ya no quería complacerla todos los días. Estaba ensimismado, decía ella. Fue así como aprendí que cualquier ser humano puede volverse loco ante la cantaleta de su mujer. Le juro que podía hablar sin parar la vida entera. Decía que tenía otra, que ya no la quería. Se acordaba de cosas que había hecho hacía años. Un día cualquiera en medio del desayuno la Yoli podía reprocharme que un lunes a las tres de la tarde hacía dos años, cuando ella todavía era flaca, yo no la mirara, sino que volteara a ver a la gorda del barrio cuando pasó por nuestro lado.
De todo se acordaba, como no hacía nada, usaba cada uno de sus instantes para encontrar cuál era la mujer que me alejaba de ella.
—No me digas mentiras. Un hombre no puede dejar de desear a su mujer sólo porque no logra hacer realidad un sueño tan pendejo.
Y seguía. Usted no sabe cuánto puede hablar una mujer cuando está ofendida. Oiga, un día se puso furiosa porque en la televisión mostraron a la gorda más gorda del mundo y yo me quedé embobado, soñando cosas. La Yoli se dio cuenta. Decía tanta locura que me daba risa y ahí se enojaba más. Siete días después ella seguía peleando y yo ya me sentía mamado de esa situación. Ya no me reía. Yo lo que quería era dejarla.
Pero en un momento, en medio de la cantaleta, ella se sentó en la mecedora, casi no cabía de lo choncha que estaba, inclinó para atrás la cabeza y dejó lucir el pecho gordo y sudado. Se le formaban unas hermosas llantas en el cuello. Entonces me miró directo a los ojos sólo dos segundos para decirme:
—No eres más que un enano insignificante.
¿Puede creerlo? Me dio tanta rabia. Dios se había burlado de mí. Me acerqué en silencio, sin respirar. Yo parado y ella sentada teníamos la misma estatura. El cuchillo entró suave por la carne grasosa, tal como si su piel hubiera esperado toda la vida por el pedazo de metal.
La Yoli se estremeció mientras la sangre le salía despacio por el cuello y le cubría de rojo las tetas. Mejor que cualquier flor en el pelo.
El mosquito mató a la vaca. Ya ve, Dios se burló de nosotros, de todos.
