Ahora es momento de saber que todo lo que haces es sagrado. Hafiz
Mi amor - Malú Posada

 

El suizo era mi novio y, más importante aún, mi sustento, pero él estaba en Suiza y yo en Colombia, así que por fuera de mis padres y un par de amigas muy cercanas, nadie más conocía su existencia en mi vida. A Diego no le dije al principio, me gustaba que me rodeara, me gustaban sus halagos y los detalles que tenía conmigo, pero cuando me planteó terminar con su novia para estar conmigo, me tocó contarle. Pensé que eso lo desalentaría, pero fue al revés. A los hombres les gusta la lucha. A partir de entonces se esforzó más porque sabía que mi novio era un europeo que me llevaba de viaje y que, además, me mandaba mensualmente para mis gastos. De eso se enteró después, cuando fue a visitarme a casa y mamá hizo algún comentario imprudente al respecto. El caso es que en cuestión de semanas terminé entre las flores, los chocolates, las idas a cine y a cenar con Diego, y mi relación con el suizo, que a esas alturas se reducía a un mensaje al despertar, otro antes de dormir, una llamada los fines de semana, una consignación mensual a mi cuenta y dos viajes juntos al año.

A mamá le pareció sospechosa aquella situación, dijo que las amistades de los hombres nunca eran gratuitas, que no debía recibir sus regalos, pero yo la despaché rápido diciéndole que me estaba insultando. Me enojé y lloré y papá estuvo de acuerdo conmigo, le dijo que debía respetarme. Mamá adoraba al suizo, quien no entraba en pequeñeces a la hora de complacerla, y por eso ella trataba de controlar mis movimientos, de cuidar esa relación. El dinero que él mandaba me alcanzaba para vivir sola, pero era eso o darme gustos; y yo prefería los gustos aunque tuviera que aguantarme la mirada vigilante de mamá.

En fin, aguanté cuatro meses de aquella amistad, de la alta fidelidad, y no pude más. El día de mi cumpleaños número 23 esperé todo el día la llamada del suizo, llamada que nunca llegó. Al medio día me mandó al correo la información sobre mi regalo: 500 euros adicionales para que me comprara algo, unos pasajes para los dos a Brasil a fin de año y un Je t’aime chérie que no esperaba ni exigía contestación, pero yo, muy querida, no le negué un «Gracias, miamor». Entonces le escribí un mensaje a Diego y le dije que aceptaba su invitación a cenar por mi cumpleaños. Diego fue a mi casa, pidió permiso a mis padres para invitarme a salir y papá dijo que sí, encantado de ver cómo dos hombres se peleaban por mí, antes de que mamá pudiera decir una palabra. Fuimos a cenar y después a un bar, pedimos cocteles y me preguntó si quería viajar con él a Capurganá, una playa del Chocó que yo solo conocía por referencias del suizo.

Dos semanas después me subí a un avión con Diego, a mis papás y a mi novio les dije que iría a otro de mis habituales viajes del grupo de investigación. Cuando volvimos de esas vacaciones tomé la firme decisión de dejar de gastarme la plata en ropa y maquillaje, y empecé a ahorrar de lo que el suizo me enviaba, total, podría aburrirme un día de esa relación. El suizo me dejaba mucho tiempo sola, al principio le pedía que habláramos más, que nos viéramos más, pero él estaba muy ocupado, tenía grandes proyectos, grandes viajes, lugares que visitar.  Y vamos, que nada quiere más una mujer que ser adorada por el hombre al que ama. Pero eso no se lo habían enseñado a él, ni su madre, ni sus ex y yo no tenía ganas de criar maridos exitosos.

 

 

Estuvimos dos años en esas, los dos años que me tardé en terminar materias y hacer la tesis, hasta que por fin, y por desgracia, me gradué de la universidad. El trato que el suizo y yo habíamos hecho años atrás era que cuando terminara la universidad nos casaríamos e iría a vivir con él a su pueblo. Hasta entonces no conocía Europa, había pedido la visa Schengen tres veces y en cada ocasión me la habían negado porque no tenía bienes a mi nombre, porque no tenía trabajo o porque en teoría nada me obligaba a volver a mi país después de las vacaciones. Las dos últimas veces me daban ganas de responderle al funcionario flaco, barbón y desgreñado, que podía estar tranquilo, que volvería a Colombia porque tenía un amante, moreno y grandote, al que no cambiaría por nada. Para mi desgracia la visa Schengen la eliminaron el mismo año en que me gradué de la universidad y mi novio compró los pasajes sin preguntarme, quería sorprenderme con su regalo por mi grado. Entonces sumaba cinco años de relación con el suizo y dos con Diego, que me llevó al aeropuerto donde tomaría un avión hasta Zúrich, ahí otro hasta Berna. El suizo me recogería en carro y viajaríamos juntos unas horas hasta el recóndito pueblo donde nació, creció y morirá, Le Noirmont.

En el camino al aeropuerto Diego no decía nada, miraba por la ventanilla y rechazaba los besos que yo intentaba darle.

—Son solo tres meses, miamor —dije, buscando su boca para besarlo—. Tengo que ir a hablar con él —agregué después de meter mi lengua hasta su garganta, pero Diego no me creía, ni me miraba, ni peleaba. Solo respondió:

—Mándale un mail y dile que se acabó. Llámalo por teléfono o déjale una nota de voz. Total, toda su relación ha sido así.

Insistió con el tema un par de veces más, poniéndose a ratos intenso, al punto de que casi no me suelta cuando tenía que entrar a la sala de embarque.

—¿A quién quieres? —preguntó sin decidirse a soltarme—. Si no lo quieres, ¿por qué no lo has dejado?

Yo quería a Diego, claro, pero por el suizo sentía agradecimiento. Gracias a él me pagué toda la carrera sin tener que trabajar un solo día, tenía ahorros y conocía países que antes no sabía que existían. Además, sentía que esa relación aún no se había agotado.

—No te vayas —fue lo último que me dijo, y yo, que ya estaba un poco fastidiada de aquel drama, no quise responderle. Le di un beso y le ofrecí mi espalda.

Antes de tener que apagar el celular llegó un mensaje suyo: «A partir de hoy estás muerta para mí». Tampoco le respondí, solo me sorprendió de cuánta fatalidad era capaz. Estuve cerca de sentirme mal, pero pensé en Italia, en París, en el Mediterráneo, en Grecia y se me pasó de inmediato. 

 

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Cuando llegué a Berna el suizo me saludó con un beso largo y baboso en la boca, sentí que besaba a un amigo, a un hermano. Era lo mismo que había sentido con él los últimos años. Muchas veces le expliqué cómo me gustan los besos, pero las clases se le olvidaban, así como olvidaba cortarse los pelos de abajo y de las axilas, que yo detestaba.

—Ahora sí te estás quedando calvo —le dije cuando me soltó del abrazo—, mira hasta donde te llegan las entradas. Dentro de poco se van a unir a la nuca.

—Qu’est ce que c’est la nuca? —preguntó riéndose.

—La parte de atrás del cuello, miamor.

El suizo no siempre fue un hombre flaco y desgarbado, casi calvo. Cuando lo conocí tenía 31 años, hacía natación todos los días, sus brazos eran gruesos y su espalda ancha. Al segundo año de nuestra relación dejó la piscina y se pasó al running, ¡al running! Desde entonces comenzó a correr dos horas al día y los músculos se le esfumaron. Me parecía que se había secado, tanto como su atractivo y su gracia. Parecía un poste de esos donde se cuelgan las banderas, con una barba terrible que pica en la cara; un poste con demasiados pelos en todos lados, menos en la cabeza.

Yo, como siempre, disimulaba mi fastidio hacía él concentrándome en los lugares nuevos que conocería. Las primeras semanas las pasamos visitando familiares y amigos suyos. Todos querían conocerme, invitarme a cenar, hablar conmigo, pero como a duras penas tenía un nivel A1 de francés, la comunicación era prácticamente imposible con aquellos que no hablaban español o que, aunque supieran un poco, se negaban a hablarlo. Esa fue la primera gran pelea con el suizo, a quien no pude ocultarle más que había dejado el curso de su idioma hacía mucho tiempo. Quedó enojadísimo, dijo que teníamos un plan y que debía aprender el idioma para irme a vivir allá. Yo no les daba importancia a sus reclamos ni a sus silencios, más bien pasaba ansiosa esperando que saliéramos de vacaciones, pero él no decía nada al respecto y a mí me daba pena preguntar. Así que, mientras llegaba el día de hacer maletas, pasaba horas en Internet dejándole mensajes a Diego, le decía que lo amaba. También fotos de los países europeos que quería conocer.

La segunda gran discusión llegó cuando me di cuenta de que estaba ahí para acompañarlo en su vida cotidiana y no para irnos de vacaciones. Enojada, le grité que era el colmo que me hubiera llevado a Suiza para dejarme encerrada en una casa de mierda, en un pueblo de mierda y en su vida de mierda. El suizo se tomó su tiempo para responder, creo que no esperaba que yo dijera o pensara algo así, y después de un par de días en que prácticamente no hablamos dijo que él era el dueño de esa casa y que tenía su propio negocio, que me había llevado hasta allá porque me amaba y porque quería que yo fuera su bla bla bla.

Seguí enojada y descontenta y él, para calmarme, me regaló un viaje junto a un par de primas suyas que irían a Milán en los días siguientes. Por suerte una de ellas hablaba algo de español y así no estuve excluida en las conversaciones en esa semana de auténticas vacaciones que, para mi desgracia, se terminó y tuve que volver al pueblo. Antes de regresar hablé por teléfono con mis padres, a papá le conté lo que había pasado y entendió mi enojo, él siempre me entiende. Mamá, en cambio, dijo que debía calmarme, ser más agradecida.

Mi novio me recibió dichoso, parecía un poco asustado, pero yo llegué sin ganas de pelear, más bien resignada a encerrarme en un pueblo viejo los dos meses que me quedaban en Europa. A partir de entonces me levantaba por la mañana, lo despedía antes de que se fuera a trabajar y me sentaba a comer quesos, chocolates y embutidos frente al computador. Le mandaba mensajes a Diego y le pedía que por favor nos viéramos por Skype, le decía que lo extrañaba demasiado, pero por nunca respondió. Antes del mediodía ya me había tomado una botella de vino, luego caminaba tres kilómetros hasta la casa de mis suegros, en medio de un frío infernal, y ahí me sentaba a almorzar con mis suegros sin poder cruzar más que un par de saludos.

Comment ça va, chérie?

Ça va bien, et vous?

Y ya no entendía nada de lo que respondían, solo asentía cuando mi suegro señalaba la botella de vino y volvía a asentir cuando preguntaba con un gesto de su mano si quería que volviera a llenarme la copa. De todos los suizos que conocí mi suegro era el que mejor me caía, incluso mejor que mi novio, nunca permitió que mi copa se quedara vacía. A las seis de la tarde, cuando el suizo llegaba a buscarme, ya estaba borracha, entonces íbamos hasta su casa, él preparaba la cena mientras yo comía embutidos, quesos, chocolates y panes dulces frente al televisor y desde la cocina me contaba cosas de su día que no tenían ninguna importancia. Al rato servía una sopa caliente e insípida y una gran baguette que ponía directamente sobre la mesa, no en un plato, y que comía arrancándole pedazos con sus propias manos, sin lavarlas primero aunque se lo pidiera y me enojara por ello y le dijera que podíamos cortarlo con un cuchillo así él no tocaba con sus manos sucias el pan que yo comería después.

No hubo más viajes que las idas a donde sus padres, sus abuelos, sus tíos o sus amigos. Subí diez kilos en esos meses y mamá insinuó que me había convertido en alcohólica. Me consumía el enojo de haber dejado al negro en Colombia para irme a encerrar en una casa vieja, en un pueblo viejo donde a las siete de la noche no había nadie en la calle.

La tercera pelea llegó cuando faltaba una semana para mi regreso. El plan inicial había sido que yo volvería a Colombia y él viajaría unos meses después para nuestro matrimonio, entonces iríamos juntos a Suiza, a vivir allí, en el pueblo, a criar hijos, a tener que esperarlo todo el día. Una semana antes de mi viaje me preguntó para cuándo quería que comprara sus pasajes a Colombia, es decir, para cuándo quería que nos casáramos. Entonces le dije que tomáramos las cosas con calma, que aún estábamos muy jóvenes para andar con esos afanes y se desató una pelea que solo acabó el día que me subí al avión de regreso. No hubo ningún acuerdo, solo algo de sexo genérico la noche anterior, unos besos antes de despedirnos y todo volvió a la normalidad, arreglé las cosas diciéndole que hablaríamos del tema más adelante. Una semana después de volver a Colombia le mandé un mensaje diciéndole que no estaba lista para casarme y que no lo quería hacer esperar, que lo mejor era terminar nuestra relación de una vez.

Antes de escribirle a mi novio, incluso antes de volver de Suiza, ya había empezado a buscar de nuevo a Diego, quien se negó a contestar mis llamadas y textos. Esto me obligó a ir hasta su casa. Su familia ya no me saludó con cariño y él, en vez de invitarme a entrar, me dijo que fuéramos a otra parte. Fuimos a un bar en el centro y a la quinta cerveza me dijo que estaba saliendo con alguien, que se sentía querido. Me reí, no pude evitarlo. Luego le dije que había terminado con el suizo, que lo había hecho por él y que no me mintiera, que yo sabía que me amaba. Pero Diego dijo que no la dejaría, que le gustaba ser el novio.

Así fue como me convertí en su amante.

 

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Quería demostrarle que no podría serle fiel, que no la amaba. Estaba convencida de que la dejaría cuando se le pasara el enojo, podía esperar con calma a que el momento llegara, incluso disfrutaba ver cómo le mentía, como la hacía esperar por estar conmigo. A mitad de año a Diego lo aceptaron en un intercambio de un semestre en una universidad Suiza, en Zúrich. Me causó gracia su cinismo de elegir justo ese país para irse a estudiar. En fin, se iría en agosto, volvería en febrero del año siguiente. La noticia me alegró, quería descansar un poco de él. Todavía me sentía en medio de dos hombres aunque ahora solo estuviera con Diego, pero el suizo no dejaba de llamar, de escribir, de rogar. Incluso algunos amigos o familiares suyos me escribieron a decirme que lo veían muy mal, que estaban preocupados. Solo por eso yo seguía hablando con él, porque sentía que me necesitaba para vivir y porque no quería que me echaran la culpa si algo malo le pasaba. A Diego le enojaba que siguiera hablando con el suizo, no paraba de pelear y de decir que yo aún lo quería, pero entonces podía responderle:

—Tú tienes novia. ¿Qué reclamas?

No había tregua entre nosotros, aunque aún nos jurábamos amor eterno. Por eso su viaje era un descanso entre tanto tira y afloje. Cuando lo acompañé al aeropuerto, cosa que solo fue posible porque le dijo a su novia que no le gustaban las despedidas y ella le creyó, le dije que no aguantaba más, que no sería más su amante. Y que esa sería la última vez que me veía. Diego dejó salir una sonrisa nerviosa. Yo en cambio sonreí tranquila y amplia, le di las gracias por todo, me volteé y empecé a caminar. Un segundo después me detuvo su mano. Diego me pidió que le diera tiempo, dijo que necesitaba pensarlo. Una ligera sonrisa de seguridad brillaba en su rostro. Le respondí que no hacía falta que lo pensara, que yo ya no quería estar con él y volví a marcharme. Su hermosa sonrisa desapareció en el instante. Diego no tuvo necesidad de pensarlo y enseguida supo lo que quería. Me dijo que la dejaría, que apenas aterrizara le escribiría para decirle que no podía seguir con ella porque estaba enamorado de mí.

En eso quedamos y yo olvidé el tema. Cuando le pregunté al respecto unas semanas después me dijo que la había dejado, pero que ella estaba muy dolida y que él se sentía culpable. A mí me importaba un carajo cómo se sintiera ella, solo quería que dejara de estorbarnos porque, sobre todas las cosas, Diego tenía planes conmigo y yo quería que se hicieran realidad. Decía que era el amor de su vida y, por supuesto, me quería como su esposa, quería que fuera la madre de sus hijos, quería envejecer a mi lado, viajar juntos por todo el mundo. Y uno de esos planes era que yo iría en diciembre a Zúrich, viajaríamos por Europa y volveríamos en febrero a Colombia, cuando él consiguiera trabajo nos iríamos a vivir juntos. Entonces compré el pasaje con los ahorros que todavía tenía del dinero del suizo y me senté a esperar que llegara la fecha. Pero en noviembre Diego empezó a ponerse raro. Ya no estaba acosándome con mensajes, persiguiéndome para quitarme la ropa por Skype, ni diciéndome que yo era el amor de su vida. Me demoré un poco en darme cuenta y solo reaccioné a finales de mes, entonces le dije que o me decía lo que estaba pasando o lo averiguaría yo misma. Diego empezó a rascarse la cabeza frente a la cámara, a sudar aunque en el hemisferio norte hacía frío y a tartamudear hasta que por fin juntó los huevos para decírmelo.

—Ella quiere arreglar las cosas, dijo que está decidida a que solucionemos los problemas de nuestra relación.

—¡¿Cuál relación si la dejaste hace tres meses, imbécil?! —grité yo, a punto de tirarle el vaso a la pantalla.

—Perdóname, miamor, ella está viajando ahora mismo para acá.

 

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Ahora pienso que en ese momento ella ni siquiera sabía que yo existía. Diego juró que la había dejado cuando dijo que lo haría, pero con los hombres nunca se sabe.

 —Hay mujeres así, que no aceptan que uno las deje —decía el muy güevón en una de las notas de voz que me mandaba cuando ella estaba bañándose o durmiendo el jet lag.

Luego dejó de escribirme por algunas semanas en las que lo imaginé arreglando las cosas con esa otra novia que no sabía de mi existencia, mientras yo me encerraba en mi cuarto a quemarme la cabeza y a preguntarme qué haría. Diego aparecía cada tanto, con un mail o un mensaje al celular, para decirme que me amaba y rogarme que lo perdonara. Y pocas cosas me molestan tanto como ver a un hombre rogar. 

Ella regresó a Colombia a mediados de diciembre y yo viajé a finales. En algún momento consideré la posibilidad de no ir, pero me dije que lo haría porque el pasaje estaba comprado, porque soñaba con viajar por Europa, lo mismo le dije a él, con quien desde entonces la conversación se volvió una sucesión de preguntas sin respuesta, de reclamos y silencios.

Una noche fuimos a una fiesta en casa de uno de sus amigos y nos emborrachamos. Diego me preguntaba por qué carajos estaba haciendo mala cara y yo le contestaba que porque se me daba la puta gana, sin embargo, en las fotos de ese día aparecemos muy abrazados, sonrientes, incluso besándonos. Aún las conservo. Esa noche yo no dejaba de vigilar cuando él miraba su celular a ver si estaba hablando con ella. Cerca de la medianoche ella lo llamó, le tenía una sorpresa: un mes de embarazo.

Diego me llevó hasta la cocina del apartamento para darme la noticia, le pareció adecuado hacerlo enseguida. Por suerte había música, así los amigos no se enteraban del escándalo que armamos. Debimos habernos ido enseguida, cuando Diego lo sugirió, pero yo no quise. En vez de eso, cuando salí de la cocina me fui a sentar al lado de un gringo que llevaba toda la noche mirándome. Desde ahí vi a Diego beber directo de las botellas de alcohol, lo vi llorar y hacerme señas desde su puesto para que me fuera a sentar a su lado, hasta que se quedó dormido. El gringo me preguntó si era mi novio y yo le dije que no, que apenas lo conocía. También preguntó si quería irme con él a tomar algo en otra parte y yo le respondí con mi lengua en su garganta.

Dos días después, todavía acostada en la cama del gringo, le escribí al suizo.

«Estoy aquí, a unas cuantas horas de Le Noirmont. ¿Puedo ir a saludarte unos días?»

Hablamos un rato por mensajes y en media hora ya tenía un pasaje para esa misma tarde de Zúrich a Berna. Me levanté de la cama, desayuné con el gringo y fui hasta el apartamento de Diego a buscar mis cosas. Me recibió con reclamos, gritos y lágrimas que me negué a responder. Daba vueltas a mi alrededor, me pedía que no me fuera, preguntaba a dónde iba, si había adelantado el pasaje, con quién había pasado esos dos días.

—¿Es verdad que te fuiste con el gringo? Eso dicen todos —preguntó gritando.

No respondí.

—No puedo pedirle que aborte —dijo al rato, y empezó a llorar—, pero decido estar contigo y no con ella. Por favor, no te vayas. Te amo, dame una oportunidad.

Odio ver a un hombre llorar, pocas cosas me producen tanto fastidio como eso. Terminé de poner mis cosas en la maleta, salí del apartamento sin siquiera mirarlo y tomé un taxi. 

Cuando vi al suizo en el aeropuerto no pude evitar llorar yo. Incluso corrí un poco hasta él, que estaba como siempre dichoso de recibirme en su vida. Repetimos el viaje por carretera hasta su casa, las visitas a sus familiares y amigos, que ahora hablaban un francés mucho más rápido y bajo ninguna circunstancia pronunciaban una palabra en español. Solo su papá seguía siendo amable y haciendo el gesto con la mano para llenar mi copa. Una semana después el suizo y yo nos sentamos a hablar, o él me sentó a hablar y yo, que necesitaba un amigo y estaba cansada de cargar con todo eso sola, le conté la versión casi completa de los últimos años, nada más omití al gringo, episodio que me hacía ver mal.

Imaginé que iba a matarme después de contarle todo, pero no, en vez de eso me dijo que me quedara con él el tiempo que restaba hasta mi regreso, y terminamos yendo de viaje a Francia, España, Italia y Portugal, en un amague de reconciliación que me sirvió, además, para renovar el derecho a la consignación mensual. 

Volví a Colombia en febrero sin tener certeza todavía de lo que quería hacer. Diego aparecía para decirme que quería a ese bebé, pero que quería estar conmigo. Para no pensar tanto me metí a un curso de inglés y a otro de francés. Llevaba un mes en esas cuando unos cólicos me despertaron en la madrugada, estaba sangrando. En el taxi hasta la clínica quise sacar cuentas y no pude, no me acordaba de la última vez que había tenido mi periodo. Mamá le mandó enseguida un mensaje al suizo, que a la noche siguiente ya estaba en Colombia, en la clínica, sosteniendo mi mano y llorando cuando el médico dijo que había perdido el bebé, que el suizo insistía era suyo y yo no lo corregí. Diego se enteró a los pocos días, cuando llamó a mi celular y contestó mi mamá, que en medio de un ataque de furia le dijo que me dejara en paz, que gracias a Dios había vuelto con el suizo, que juntos íbamos a superar la pérdida del bebé y que íbamos a formar nuestra familia. Me lo contó Diego unos días después, cuando fui yo quien contestó el celular. Me pidió permiso para visitarme. Le dije al suizo que Diego iría y que, por favor, fuera a darse una vuelta. Él, muy europeo, aceptó sin quejarse.

Diego llegó llorando, con todo el entusiasmo típico de él, dijo que sabía que el bebé era suyo, estaba seguro de eso. Estaba tan convencido como el suizo, hay que ver las cosas que hace un hombre cuando está enamorado. Me pidió perdón por haber sido tan débil, por haberla dejado embarazada y por mil cosas más que no pude entender.

—Vete —le dije—, vete y vuelve cuando puedas hablar sin llorar.

Solo mamá me preguntó después de quién era el bebé y yo, que no estaba para preguntas idiotas, le respondí que para saberlo necesitaría una prueba de ADN  tres hombres, uno de los cuales ni siquiera recordaba cómo se llamaba.

 

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El suizo se quedó hasta que estuve bien y luego volvió a su casa, me compró un pasaje para una estancia de tres meses en Europa en la que me prometió que nos iríamos de vacaciones. Diego sigue insistiendo y todavía manda por lo menos un mensaje al día, a veces ruega, otras se enoja. En el último mensaje me dijo que lo intentemos, que el amor lo supera todo. Mi padre bromea y me pregunta con quién me quedaré, quién va ganando.

­El gringo respondo. Y mi padre ríe a carcajadas, mientras aplaude y celebra con los brazos en alto.

Mi madre, en cambio, no para de querer enseñarme qué es el amor, como si yo no supiera lo que es el amor.