201
Una habitación sencilla.
No le voy a mentir, se me tensan un par de hilos en mi vientre impaciente por tenerlo dentro.
201.
Piso dos, frente a la escalera, frente al mural de bailarinas con vaginas extrañas, deformes, malhechas.
Y usted siempre tan carnal, me acorrala, me carga, me besa, me aprieta los muslos, me muerde los labios, me dice que realmente le hice falta.
- Usted a mí también.
Al fondo de la habitación, sobre la cama, un cuadro que parece hecho especialmente para usted. La luz que se cuela a través de él, no puede ser más oportuna. Como si el 201 siempre hubiera sido suyo.
Usted es todo protocolario, me saluda ahora sí. Yo me tumbo en la cama y usted se desnuda, nunca lanza su ropa, siempre la deja ordenada en algún rincón. Yo, en cambio no reparo en dónde cae, en dónde queda, en dónde se pierden mis interiores y exteriores. Yo, en cambio con los nervios en la garganta, sin saber qué decir o qué hacer, espero que se tumbe conmigo, o sobre mí y que entonces, sea usted quien me despoje de todo lo que obstaculice su sexo y el mío.
Finalmente se lanza, como si se sumergiera en el mar y yo que a ese punto ya me he empezado a volver agua, recibo el peso de su existencia, me dejo aplastar por su pecho abarcante, por su vientre curvo, por sus piernas grandes y hermosas, me dejo envolver en su brazos fuertes.
La tensión comienza a crecer, sus labios y su lengua jugueteando en mi flor, musitando melodías vibratorias desde su diafragma, haciendo enmudecer mi hablar, mi gemir, haciendo temblar mis piernas y todo mi ser. Ya sabe usted cómo preparar mi cuerpo para entrar con suavidad a mis recintos.
En el instante en que siente que el mar se está volviendo océano, sabe que es tiempo de zambullirse, de navegar dentro con otras partes de su cuerpo, igual de hábiles, dóciles, inquietas e indomables. Y así lo hace, y por mis adentros viajan sensaciones, como estrellas efervescentes que bailan desde mi vientre, encendiendo todo el camino que hay hasta mi boca. Una vez allí se vuelven fugaces, se vuelven suspiro, gemido, grito, canto.
Adentro, afuera, adentro, afuera.
Rápido, lento, rápido y más rápido, en fibonacci.
Su mano cortando el aire que respiro, mientras va y viene, mientras me hace desbordar mis mieles. No respiro, me desvanezco, dejo de escuchar el mundo, mi vista se nubla, mi voz se apaga y muero de placer. Quita la fuerza y vuelvo a la vida, mareada, aturdida, extasiada.
Me empotra, me acorrala contra la cabecera, me cuida de otro golpe imprudente. Yo me le escurro por los lados. Usted me inmoviliza, aumenta la velocidad con la que me penetra y entonces cuando la intensidad está a tope, sale de improvisto e introduce sus dedos, busca el punto, toca el punto, presiona el punto, corre adentro con sus yemas, bailan sus falanges y mi flor se derrite entre sus manos.
Me enloquece, me descoloca, me agarra desprevenida, me lleva al cielo y me lanza sin paracaídas. Caigo en su boca de nuevo, me besa arriba, me besa abajo, me abarca toda con sus brazos y teme que me le parta en mil pedazos.
Me voltea, me penetra desde atrás, siento que llega hasta el último rincón, pone caos y orden ahí dentro. Me envuelve como anaconda asfixiando su presa, me corta el aire, me lleva al límite, me quiere matar y resucitar. ¿Le quiere dar sentido a mi existencia?, ¿me quiere dar motivos para no morir?, ¿me quiere enloquecer?
Se aposenta en el sur, he notado que le encanta ir al sur cada vez que puede. Se empeña en que su lengua se haga dueña de mi clímax y me pide que venga en su boca. Sus brazos peleando con mis piernas. Sube todo, como espuma, sube el calor, sube la tensión, todo se prepara para explotar, sube el deseo, sube la intensidad, no puedo más, sube mi voz, sube la suya, sus sonidos excitantes, sus sonidos casi animales, salvajes como usted. Y sube más y más, no puedo más, ¡y vengo!, y vengo, y llego hasta usted, hasta mi, hasta el presente. Y olvido todo lo que me aflige, mi pasado, mi tristeza, mi futuro, el mundo afuera deja de existir. Aquí estoy, y no sé dónde estoy, a qué dimensión viajo, a dónde deben mirar mis ojos, dónde perdí mi voz, dónde dejé mi orgullo, mis fuerzas, mi realidad.
Falta usted, me acomoda a su antojo y yo me dejo, me lleva y me trae y eso me encanta. Entra con ímpetu, controla sus impulsos, y comienza a subir el ritmo de nuevo, aumenta su fuerza, su velocidad, su excitación, se deja ser, y es. Estalla de placer dentro de mí. Su cuerpo se tensa, su cara se transforma, sus ojos camaleónicos oscilan entre mil colores, salen sonidos placenteros de su voz. Se desborda en mi interior.
Mis piernas tiemblan, mis manos tiemblan, mi voz se corta, se agotan los besos y las fuerzas. Usted sale, se retira, se adormece, descansa a mi lado. Mientras, yo me muero de frío, me escondo bajo la sábana. Le acaricio el cabello en son de paz, le observo el cansancio, las penas, los temores.
- Hábleme que me duermo.
Y usted no ve que me quedo sin palabras, olvido qué decir, olvido quién es usted, olvido dónde estoy, solo floto mientras me recupero.
Hablamos y se acerca la hora de despedirse.
Ya es hora de volver a la realidad, de salir de la burbuja, de abandonar el velero rojo.
¡Vuelvan a tierra firme!
Es hora de dejar de huir de los compromisos, de los contratos, de los deberes mundanos.
¡Hay que volver al trabajo!
Bañarse, vestirse.
Se agota el tiempo, se acaba la hora, se acaba nuestro momento de existir en el mismo espacio tiempo.
Lo llevo estimado amigo mío, no le vaya a coger la tarde, más tarde de lo tarde que ya está.
Un abrazo o tal vez dos. Hasta pronto, hasta que nos volvamos a ver, antes de que me olvide de la forma de su cara o del tono de su voz. Hasta antes de que empiece a delirar si usted de verdad existe. Hasta que la suerte nos ayude a coincidir.
¡Cuídese San!
Margareth R.
